Retablos de Santa Prisca y San Sebastián

 

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Después de éste aparece San Gregorio Magno, Llamado así por su nobleza, riqueza, dignidad, santidad y milagros. Este personaje fue Papa, como su atuendo lo indica. Nació en Roma, de ilustre familia, y murió en el año 604, mientras vivió su padre, que era un varón riquísimo, senador y prefecto de la ciudad, Gregorio se ocupó en los negocios de la República; pero después de muerto su progenitor despreció los bienes materiales y vistió el hábito de monje en un monasterio de los siete que él había fundado.

El Papa Pelagio II lo sacó de su encierro, lo hizo cardenal y lo envió a Constantinopla. Más tarde fue ascendido a la categoría de Papa, y una de sus más importantes labores dentro de la iglesia fue la reforma del canto eclesiástico, hoy conocido precisamente como canto gregoriano.

La tercera figura corresponde a San Jerónimo, sacerdote, consejero del Papa San Dámaso, cuya vida transcurrió entre los años de 340 a 420. Este austero penitente nació en Estridón, Dalmacia. Estudió letras en Roma, recorrió las Galias y fue a Constantinopla para ver y escuchar a San Gregorio Nacianceno. Viajó a Palestina para venerar el pesebre de Belén y se desterró cuatro años en el desierto de Siria. Su labor más conocida es su traducción del Antiguo Testamento del hebreo al latín y la corrección que hizo al texto griego del Nuevo Testamento.

El cuarto doctor es -como debe suponerse- San Agustín, obispo de Hipona y fundador de la Orden de frailes que lleva su nombre. Murió en 431, y es fervorosamente reverenciado dentro de la Iglesia por su lucha contra los herejes, especialmente en contra del maniqueísmo y el pela- gianismo. El doctor máximo de la iglesia, cómo se le llama, nació en Tagaste, África, y permaneció en la gentilidad hasta la edad de treinta años en que él mismo se hizo bautizar por San Ambrosio, quien lo conmovió con sus profundos sermones. Después se hizo ordenar sacerdote y fundó la orden de los frailes en imitación de los apóstoles. Como las sectas heréticas hubiesen cobrado en esos días, nuevos brios, San Agustín se dedicó a atacarlas con su sabiduría pronunciando sermones y escribiendo numerosos volúmenes que le han valido el ser considerado como uno de los santos más insignes, sabios e inteligentes.

b) Exactamente por encima de las imágenes de dichos doctores, colocados al frente de los estipos de cada uno de los cuatro apoyos que sostienen el cuerpo del retablo, se yerguen las magníficas esculturas que representan a los cuatro Evangelistas. La palabra Evangelio, como se sabe, deriva del griego evalgetion, que significa buena nueva, y en estas obras se registra la vida de Cristo y su doctrina sobre la redención de la Humanidad. El uso de la palabra evangelio comenzó en el siglo II, y tiempo después se llamó evangelistas a los autores de los cuatro evangelios canónicos: San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan, según el orden cronológico en que aparecieron. Los evangelios fueron hechos a cierta distancia de la muerte de Jesús, cuando se vió la conveniencia de conservar escritas sus enseñanzas. Los tres primeros se escribieron antes del año 63 y el de San Juan entre los años 95 y 100.

En esta obra de arte las esculturas de los evangelistas no están colocadas por el orden que hemos mencionado, pues el segundo -de izquierda a derecha- es San Juan, reconocible porque siempre se le representa joven y sin barba. Los otros tres presentan rostros muy parecidos y abundantes y luengas barbas, y no es posible diferenciarlos. Todos llevan, eso sí, el gran libro que distingue a los escritores eclesiásticos; pero no aparece con ellos ningún otro motivo -como los animales simbólicos que casi siempre los acompañan de que podamos servirnos para saber quién es quién.

c) Como se imponía hacerlo, en los cubos de los estipites están representados los doce apóstoles, en grupos de tres en cada cubo, quienes, como se sabe y como su nombre lo indica; del latín apostolus, del griego apostolos, de apostello: enviar, fueron los primeros enviados a predicar la doctrina de Cristo. Tampoco hemos podido situar a cada uno de ellos dentro de los cuatro grupos de tres apóstoles, porque algunos han perdido sus insignias y sus rostros; uniformados por las barbas, son casi iguales como en el caso anterior. Solamente hemos podido reconocer a cinco de ellos. En el primer cubo -también de izquierda a derecha- se encuentran: Santo Tomás con su escuadra en la mano, San Andrés con una cruz latina y San Juan que no tiene barbas; después, en el siguiente cubo, San Mateo con un hacha y junto a él, posiblemente, San Felipe, pues es otro de los apóstoles que suelen representarse sin barba; y en el tercer cubo localizamos a San Pablo.

Como se habrá notado la representación del apostolado, los evangelistas y los doctores de la Iglesia, que constituyen la estructura intelectual, moral y teológica de la religión católica, se han colocado con toda intención dentro de la composición de los estípites, o sea, de los principales elementos estructurales de esta obra de arte, dando valor así a la importancia que tienen dichos santos y sus obras, así como tales jerarquías eclesiásticas, valores básicos de la Fe. Sobre los ejes, también verticales, que se encuentran entre los estípites, sobresalen, ante todo, las hermosas figuras de los santos de quienes la iglesia lleva el nombre: Santa Prisca y San Sebastián. De Santa Prisca mártir poco se sabe, y de manera confusa y hasta contradictoria, pues la Iglesia reconoce que se trata de una santa legendaria; tanto que precisamente por eso ha sido suprimida actualmente del calendario eclesiástico. Al parecer fue nacida en Roma de una familia distinguida y al ser acusada de cristiana, en la época del emperador Claudio, fue encarcelada, azotada y decapitada, cuando según algunos autores, era muy joven, pues tendría entre 10 y 13 años de edad.

Otra leyenda la presenta casada con un judío llamado Aquila, que era fabricante, y bautizada por San Pedro. Se la considera por su antigüedad como la protomártir de Roma, que murió decapitada después de haber sido expuesta a los leones en el anfiteatro, razón por la cual se la representa con un león echado a sus pies, como en la fachada principal de este templo. En dos aspectos coinciden las diversas versiones sobre la historia de Santa Prisca: en que su vida y martirio sucedieron durante el gobierno del emperador Claudio, aunque no precisan si el I o el II de ellos, y en que se levantó a su memoria una iglesia en el monte Aventino. El culto a esta santa ya existía en la antigua parroquia de Taxco, donde según Manuel Toussaint, había una escultura en el colateral izquierdo. A estas alturas, resulta imposible averiguar a quién y por qué se le ocurrió alentar el culto por una santa romana de época tan remota que nada podía tener en común con un mineral novohispano, pero ya vimos que en 1738 se la "habilitó", mediante una rifa, para que fuera especial patrona contra las tremendas y numerosas tormentas que asuelan a esa población.

Así, de la antigua parroquia -con su culto acrecentado y popularizado por esta facultad divina contra los rayos- pasé a ocupar uno de los principales lugares dentro del nuevo templo. José de la Borda debe haber participado también de esta devoción o haber estado muy seguro de la importancia que tenía para el pueblo, puesto que otorgó a esta doncella el patronato de¡ nuevo templo compartido con San Sebastián, quien, según hemos visto, subió a los altares taxqueños gracias a otra rifa, para buscar un santo compañero de Santa Prisca, según cuenta la tradición oral popular.  (continua...)

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