...viene de la Página
3 (Retablo Mayor...)
Sin embargo -como dejamos asentado- no hay que, olvidar
el hecho que registra Manuel Toussaint en cuanto a que
este santo tuvo su ermita, al parecer en lo que ahora
es la calle del Arco, y que al arreglarse el terraplén
para la fabricación del templo, el culto de San
Sebastián se llevó a la actual iglesia.
Esto último es muy probable ya que este culto,
como es bien sabido, es muy antiguo en la Nueva España,
ya que vino a sustituir la devoción prehispánica
por Xochipilli, a quien San Sebastián se asemejaba
por su juventud, belleza y otros atributos. En los alrededores
de Taxeo se encuentran imágenes de este santo,
como por ejemplo en la hacienda de San Francisco
Cuadra -construcción que data del siglo XVI-,
que prueban la popularidad y antigüedad del culto
en toda la región.
San Sebastián también fue mártir
romano, soldado, oriundo de Narvona, según una
leyenda anónima y apasionada del siglo V. Los
emperadores Dioclesiano y Maximiano lo distinguieron
con sus atenciones y le confiaron el manejo de la primera
cohorte cuando este joven ya era cristiano sin que ellos
lo supieran.
Instruyó a muchos en la Fe, y cuando la persecución
estalló, varios de sus amigos fueron mártires
y él mismo fue descubierto y mandado asaetear.
Las saetas no lo mataron, y una mujer de nombre Irene
lo llevó a su casa y lo curó.
Después de una larga convalecencia Sebastián
volvió a actuar, y encontrándose al emperador
le reprochó la persecución que hacía
en contra de los cristianos, por lo que fue condenado
a ser apaleado hasta morir y su cuerpo arrojado a la
cloaca máxima. Sin embargo su cadáver
se atoró en unas ramas y fue encontrado por una
mujer de nombre Lucina, quien lo sepultó
en la Vía Apia cerca de la tumba temporal de
San Pedro y San Pablo. Posteriormente
-según el autor anónimo de esta leyenda-
en ese lugar se construyó una basílica
dedicada al santo, pero el hecho histórico es
que la primera basílica fue dedicada a la memoria
de San Pedro y San Pablo y que a fines del siglo VIIi
fue cuando se dedicó a San Sebastián.
Como las flechas, por una antiquísima creencia,
se consideraban símbolo de las pestes, a este
santo se le proclamó como abogado especial contra
las epidemias; atributo que seguramente seguía
siendo muy estimado por los habitantes de Taxco en la
época colonial.
El eje vertical central de la composición del
retablo encierra las más altas representaciones
simbólico-religiosas, como es de comprenderse.
Cinco dogmas de la Fe se encuentran aquí reunidos
a la vez que constituyen toda una estructura teológico
alrededor de la cual se acomodan los demás motivos
y temas religiosos.
a) En la cúspide de la obra puede verse la imagen
del Padre Eterno, la Primera Persona de la Santísima
Trinidad, quien engendró al Hijo y al Espíritu
Santo, inefable mis- terio de la religión católica
que constituye uno de los dogmas esenciales. Aparece
la figura del Padre Eterno hasta la cintura, en actitud
de bendecir a la humanidad y apoyado sobre una esfera
cósmica que simboliza su creación del
Universo.
b) Un poco abajo de Él, emerge en el centro del
remate del retablo, la figura completa, de pie, de San
Pedro, primer Papa de la Cristiandad y mártir
que como se sabe fue pescador de oficio y luego uno
de los discípulos queridísimos y escogidos
de Cristo. Se dice que nació en Betsaida, Galilea,
que residió algunos años en Antioquía
y después en Roma, en donde fue crucificado hacia
el año 67. Es desde luego patrón de los
pescadores; pero en esta representación lo que
se destaca, más que su labor como apóstol,
es su categoría de primer Papa de la cristiandad.
Con ello, así como por las numerosas representaciones
de Papas -de todos los tamaños, que abundan en
el retablo-, creemos que quedan implícitos unos
de los más altos atributos que todo buen cristiano
debe reconocer en estos representantes de Cristo: su
origen divino y el dogma de la infalibilidad, que si
bien fue proclamado como tal por el Concilio Vaticano
en 1870, estaba arraigado en las conciencias desde la
etapa apostólica, pues Pedro, heredero de ese
privilegio divino debía y podía trasmitirlo
a sus sucesores. Este dogma consiste en creer que cuando
el Papa habla excátedra lo hace inspirado por
la Divinidad y por eso es infalible.
Debemos hacer un paréntesis entre la explicación
de los dogmas, para mencionar dos elementos religiosos
que aparecen colocados justamente en línea descendente,
después de la figura de San Pedro y por debajo
de la cornisa divisoria de los cuerpos del retablo.
Se trata de la representación del Sacratísimo
Corazón de Jesús, que lleva una cruz clavada,
y que, coronado de espinas y radiante dentro de los
rayos luminosos que lo rodean, simboliza el martirio
de Cristo por su amor a la humanidad. Un poco más
abajo se asoma la figura de San Miguel Arcángel,
que lleva inscrita en su escudo la frase que le corresponde
como príncipe de los ángeles, vencedor
de Lucifer y protector de la iglesia: Quien como Dios.
Continuamos ahora mencionando los dogmas.
c) Según hemos dicho varias veces, en el nicho
central podemos admirar la bellísima imagen de
María Inmaculada o -como también se conoce-
de la Purísima Concepción. Si bien este
dogma de fe aún no era tal, oficialmente, cuando
se construyó este retablo, de hecho sí
lo era, por la fe y el entusiasmo devotísimo
que despertaba en la mayor parte de los teólogos
y fieles, según ha quedado demostrado por la
historia. Por eso lo registramos aquí entre los
dogmas obligatorios de la fe, pues creemos que la alta
jerarquía y preeminencia que se dió a
esta advocación de la Virgen -como patrona del
templo y figura central del retablo mayor- así
lo exigen.
Esta creencia fue declarada dogma mediante la Bula Inefabilis,
por Pío IX en el año de 1854, es decir,
casi un siglo después, de que se construyera
este altar, y consiste en creer que ". . . el alma
de la Virgen en el primer instante de su creación
e infusión en el cuerpo, fue, por especial gracia
y privilegio de su Dios, preservada inmune de toda mancha
de pecado original, en atención a los méritos
de su Hijo Jesucristo, Redentor del humano linaje..."
Esta doctrina se extendió desde el siglo XI,
y a pesar de las controversias que húbo, se siguió
propagando y fue a principios del siglo XIV cuando el
sabio Duns Escoto dio solución clara y
precisa a la discusión, estableciendo la distinción
entre la redención liberativa, reservada al género
humano en general y la redención preservativa,
concedida especial y solamente a la Virgen María,
aumentándose con esto los partidarios de la devoción.
El entusiamo siguió creciendo mucho en el siglo
XV y en adelante sobre todo en España, de manera
especial después del Concilio de Trento, tanto
que el 17 de julio de 1767, la Inmaculada Concepción
fue declarada patrona de España y de sus reinos,
lo cual explica la ya profunda y extendida devoción
que se le tenía en la Nueva España cuando,
se construyó la iglesia de Taxco.
De hecho desde 1661, Alejandro VII, por petición
de Felipe IV de España, declaró la doctrina
de esta devoción casi en los mismos términos
que después tendría el dogma, y para 1708
era ya fiesta de precepto. Hemos querido, con esta breve
síntesis sobre el dogma de la Purísima,
aclarar el hecho de que éste se refiere al momento
en que San Joaquín y Santa Ana
concibieron a María por vía natural, y
no al momento en que la Virgen concibió, por
vía sobrenatural, a su Hijo Jesús. Taxco
contribuyó con este retablo a la exaltación
de tan importante devoción mariana.
d) En el Sagrario del altar se encierra el más
alto misterio del catolicismo: la Eucaristía,
que constituye otro dogma, consistente en creer que
las hostias consagradas se convierten realmente en el
cuerpo y la sangre de Cristo Redentor. Es éste,
para los católicos, el más estupendo de
los milagros obrados por Dios, el milagro de los milagros,
porque supone la conversión de una sustancia
en otra, la existencia de unos accidentes sin su sustancia,
la presencia de Jesús en varios sitios al mismo
tiempo, etcétera; por eso San Juan Damasceno
ante la consideración de tantos prodigios llama
a la Eucaristía "el taller de los milagros".
Acompañan a este gran misterio, sobre el manifestador
donde se expone la custodia con la hostia consagrada,
la representación -en preciosas tallas de pequeño
tamaño- de las tres virtudes teologales: la Esperanza,
la Fe, al centro y la Caridad. (continua...)
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