Las tradiciones ancestrales siempre han sido
una fuente inagotable de hechos que a través de los
tiempos han venido sucediéndose y que las más
de las veces la pluma de los historiadores ha dejado en
el marco oscuro del olvido a pesar de la importancia callada
de los pueblos.
Cuenta la tradición que desde antes que surgiera
en la mente de Don
José de la Borda la construcción de un
templo dedicado a su adorada Santa Prisca, por esos días
venturosos vivía por las laderas de lo que hoy es
la calle de los pajaritos, frente a la tienda del ISSSTE,
una virtuosa señora a quien todos los vecinos del
lugar llamaban Tía Chonita que construyó
como Dios le dió a entender su humilde casita
junto a un gran árbol que se encontraba en medio
de la exhuberante vegetación casi virgen en esos
años. Curiosamente nadie sabía cuál
era el origen de esta señora, pues no tenía
familia.
Estaba encorvada por los años de su edad,
vivía siempre sola, su mirada era serena, su hablar
apacible. Toda ella inspiraba confianza para quienes
tenían la dicha de tratarla muy de cerca, poseía
una atracción magnética desconocida. Todos
los días salía a su patio que siempre estaba
bien barrido y limpio, cubierta su cabeza con un lienzo
de color rojo púrpura y sus enaguas eran blancas
como la nieve de sus canas.
Sentada junto al majestuoso árbol esperaba diariamente
el primer beso del alba ya que a esas horas una inmensa
parvada de hermosos pajarillos se posaba en las verdes frondas
del gigantesco árbol, entonando todos ellos una estruendosa
serenata al compás del céfiro que los mecía.
Terminadas sus canciones, unos pajaritos se posaban
en la cabeza de la anciana, otros revoloteaban
en torno a ella y los demás le picaban los pies y
las manos, ya que siempre los esperaba con maíz
picado, agua y otros alimentos más. Los
acariciaba y les decía: "coman, coman sin temor
amiguitos míos". Todos obedecían
y terminando volaban en diferentes direcciones para volver
a la caída de la tarde a entonar su acostumbrada
serenata. Todo esto extasiaba a tía Chonita, y le
hacía pasar momentos de inagotable alegría.
Volvían a comer y luego se acurrucaban en las frondosas
ramas del árbol disponiéndose a dormir.
Esto se repetía día con día, hasta
que en uno de tantos, volvieron las avecillas para entonar
sus melodiosos trinos, pero de improviso callaron las canciones,
se enmudeció el ambiente, cerraron sus piquitos y
su plumaje se crispó del cruel dolor. La ancianita
había muerto, y su cuerpo yacía inerte en
el patio de su casa. Todos los pajarillos rápidos
bajaron cubriendo con sus alas el cadáver tratando
de reanimarlo con el calor de sus tiernos cuerpecitos, pero
el caso era difícil. Tía Chonita estaba
muerta. Muchos de ellos quedaron inmóviles
sobre el cuerpo ya sin vida. De otros rodaban lágrimas
a torrentes y los demás con la tristeza reflejada
en su mirada, revoloteaban de un lugar a otro, torciendo
sus lindos pezcuecitos en señal del sentimiento que
los embargaba. Después de largo rato, se
formaron en lúgubre cortejo llevándose a tía
Chonita sobre sus alitas de múltiples colores y volaron,
volaron a través de infinito azul para nunca
más volver. De ahí el nombre de los
pajaritos.